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domingo, 8 de febrero de 2015

Carta abierta a Baleo


Lo que me conocen saben que siempre he sido, y soy algo parecido a un forastero en todos los sitios, el hombre sin tierra, como un electrón libre.

Con esos antecedentes, siempre me acerco a las citas que hablan de las raíces de nuestros pueblos con bastante timidez, en las últimas filas y sin hacer mucho ruido, como sabiendo que, en realidad, no va conmigo la fiesta, que es un mundo que no es el mío.

Pero con Baleo ya me siento como en casa. Siempre que los escucho, me sumergen de cabeza en el oeste de España de hace un tiempo, pero que permanece en cada uno de los que ahora lo habitan, ellos incluidos, ese mundo olvidado y casi invisible que ya solo recuerda lo que fue, como si ya no fuera, como si ya no hubiera presente.

Cada concierto es una invitación a conocernos, a saludarnos hace unos años, a recorrer los caminos subidos en un traqueteante carro, al duro paso de la dura vida en los campos y a cantar una dulce, preciosa, nana a un niño que ya no conocerá sus raíces. Nos hablan de oficios, de costumbres, de fiestas y de la vida, del tío Frejón, y nos damos cuenta de quienes somos, o al menos de quiénes fueron los que nos precedieron.

Cada concierto es una reunión de amigos, que junto al fuego de una chimenea o en la era el día de la fiesta del pueblo, charlan y bailan, cantan, ríen y sufren.

No soy yo de los que añora tiempos pasados, pero agradezco, y no sabéis cuánto, que me dejéis ver un poquito de mi pasado.

Además, como ya os recordaron el sábado, sin acritud pero con la dureza de la confianza, habéis aprendido mucho ( a tocar, se entiende).

sábado, 28 de diciembre de 2013

Navidad.

Hacía ya mucho tiempo, muchos años que no tenía que pasar la Nochebuena trabajando. Este año me ha tocado, qué vamos a a hacer. Pero un pequeño gesto ha hecho que me pareciera de verdad Nochebuena. Agradezco la visita. Los tres lo saben.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Fiestas




Los campos con la mies ya recogida y el sol al oeste. Una procesión avanza desde el cementerio hacia el pueblo. Delante, los dos hombres ya mayores que llevan los ciriales desde hace muchos años, tantos como la memoria alcanza. Detrás la charanga con su toque estridente y repetitivo, casi dañino para los oídos, los mayordomos cargando con el Cristo, serios, y luego el cura con el resto.

Llegarán hasta la iglesia del pueblo, parándose varias veces para que un grupo de mujeres y niñas supere la Imagen y baile dándole cara a ésta, mientras todos miran, y los cargadores descansan. Al llegar, solemne misa, que abre las fiestas del pueblo, las Fiestas Patronales.

Y al día siguiente, misa mayor y procesión, sí, otra vez, recorriendo ahora las calles del pueblo hasta llegar a la iglesia de nuevo. La Imagen, la misma. La charanga, también. Por supuesto, los mayordomos, el cura, la gente y las danzantes, son todos los mismos y repiten año tras año todo el ritual.

Confieso que los primeros años tenía la sensación de que se trataba de una tradición sin sentido, un absurdo repetir año tras año los mismos gestos, los mismos bailes, viendo siempre las mismas caras, siempre en la misma fecha, como una escusa para pasar tres o cuatro días de fiesta. Me preguntaba qué tozudez tan antigua empujaba a la gente de un pequeño pueblo a volver siempre los mismos días y hacer siempre las mismas cosas.

Llegó incluso a fastidiarme que mi esposa y mis hijos, cabezotas ellos, se empeñaran en acudir todos los años y que insistieran en que yo también estuviera presente, aunque solamente fuera para que sacara unas fotos bonitas. Tenía que aguantar las procesiones, las misas, los pinchos en el bar de Nati, los saludos de gente a la que no veía en todo el año y que apenas podía recordar quiénes eran, las verbenas hasta las tantas muerto de frío, el concurso de disfraces, los hinchables, la paella en la plaza, la obra de teatro, las comidas en familia con la mesa rebosante y todos hablando a la vez.

Un año, María ya no podía salir de casa sola, ni apenas moverse. Entonces, en lugar de llevarla a misa, su hija la colocó en la ventana de la cocina, justo por dónde iba a pasar la procesión y alguien le dijo a la charanga que ese lugar era una nueva parada. Así, María vio al Cristo desde detrás de los cristales, mientras su hija, nietas y bisnieta bailaban delante de Él, justo debajo de la ventana.

El primer año que María ya no estaba con nosotros, la procesión paró como siempre, y su hija, nietas y bisnieta bailaron y todos, entre lágrimas, miraron hacia la ventana a la que ya no se asomaba nadie.

Y la procesión para todos los años en esa ventana.

Supongo que muchos acuden a llevar el Cristo por su fe. Otros, para pasar tres días de fiesta antes de que acabe el verano. Pero todos encuentran sus raíces, su lugar, ese sitio en el que todo el mundo les conoce, sabe su nombre y el de sus padres, sus hijos y nietos, quien es su familia.

Ese lugar que otros probablemente no encontraremos.

miércoles, 31 de octubre de 2012

HIGO 2010, SEPÚLVEDA



La ancha, dura y prieta Castilla tiene heridas profundas. Heridas que comenzaron hace ya mucho tiempo y que continúan horadando la tierra, despacio, sin ruido, sin descanso.

Hasta una de ellas, pacientemente tallada por un calmado río nos fuimos, pasando antes por entre los rastrojos del campo de Peñaranda, los granitos de Ávila, la antes Cote de Segovia, hasta dar con una villa, vieja pero aún altiva, que por Sepúlveda la conocen.

Igual que la villa, que descansa sentada en un balconcillo mirando al río, nos recibió la señora Engracia, capa gruesa de maquillaje, labios rojos carmesí, uñas a juego, ojos de azul y edad de oro.

Su terraza está en la calle principal, justo antes de la plaza, con las mesas de bambú y las sombrillas desplegadas, vacía, nadie sentado al fresco y nadie en el local.

La señora Engracia no sabe quiénes somos ni de dónde venimos. No sabe que salimos esa tarde desde el oeste y que paramos en una estación a recoger a Chus, casi la única viajera que bajó del tren.

No sabe que nos alojaremos en una pensión justo detrás de su privilegiado bar, ni que cantaremos unas coplillas, cuidadosamente escritas y fatalmente interpretadas.

No sabe andaremos hasta un ermita que, como ella, también se asoma a un río, que miraremos los buitres y que Paco se bañará como siempre.

No sabe que buscaremos unas buenas sombras para comer (aquí sí que se está agustito), ni que dormitaremos entre piedras mientras dos se entretienen en descubrir monigotes en las columnas de un viejo templo (tiene que haber gente pa tó).

Tampoco sabe los riesgos casi suicidas que correremos en esas carreteras, todo por seguir a un coche azul conducido por un enajenado, o un ciego, o ambas cosas. De cruces se hacía Pilina cuando recobró el aliento. Y menos aún, que Lucas acabaría llevándonos a todos a un sembrado, como en realidad era su intención desde siempre.

Pero sabe que todos los turistas desorientados paran justo delante de su terraza y que, si no es por ella, ningún forastero encontraría su sitio en la villa, así que nos guía como a los demás.

Y sobre todo, sabe que hemos parado allí, todos los coches juntos y le espantamos la clientela, leñe.

sábado, 20 de octubre de 2012

La Latina

Hace ya un par de años de esta fotografía.
Me impresionó la oscuridad y el silencio que había dentro.
Hace muchos años que cerró, y más que yo no me daba una vuelta por allí.
Estuve un rato parado delante, sin reparar en las voces que me daban mis hijos. Recordé los viejos tiempos, las cañas, los pinchos, los amigos, pero solamente un momento.
Al fin y al cabo, para eso son viejos tiempos.


martes, 1 de febrero de 2011

Corriendo

Siempre me ha gustado correr. Calzarme las zapatillas, viejas si puede ser, un pantalón corto, una camiseta grande y que vaya por fuera del pantalón, y, sin más, empezar a correr.

Lo he hecho, con interrupciones, desde aquellos lejanos tiempos en que estaba en el instituto y me llevaba la ropa en una pequeña bolsa de deporte para ir después de las clases de la tarde.

Lo he hecho en la pista de la ciudad deportiva, siempre por la cuerda y en el sentido contrario a las agujas del reloj, en la carretera de "aldialba", empezando en el kilómetro tres y hasta "el mejorito", por el soto y hasta Bocacara, lo he hecho por el páramo sayagués, por senderos entre escobas, por el paseo marítimo de Las Palmas, esquivando bicis turísticas y la espuma de las olas del océano que reclamaba el terreno que es suyo, lo he hecho por el parque de la ciudadela, siempre de incógnito, lo hago por los pizarrales, desde el cementerio nuevo hasta el helmántico, por aceras nuevas y carriles bici sin bicis.

Lo he hecho acompañado, con mi padre, tardes de suave invierno levantino, luego con "el mantero", mañanas de cálido verano mesetario y heladoras tardes de escarcha y niebla, también con el compañero Iñaki bordeando las viejas murallas. Y lo he hecho solo, en silencio.

Y siempre, mientras oigo mi respiración, a veces fuerte, a veces fatigada, mientras siento punzadas en algún lugar de las piernas, músculos maltratados, imagino mil pequeñas historias.

No todas quedan en el tintero.



lunes, 27 de septiembre de 2010

¡Ssshhh!

    Siempre entro cuando me voy a dormir. Primero en la de él y luego en la de ella, procurando no hacer ruido. Me paro junto a la cama, en silencio, y observo. Me detengo un momento a escuchar su respiración, hasta percibir un leve movimiento. A veces incluso me acerco hasta que vuelven la cabeza, suben una mano, o se dan media vuelta. Entonces me quedo tranquilo, salgo y cierro despacio la puerta, doy por finalizado el día y me marcho a descansar.

Lo hago desde que nacieron, siempre con cierta angustia por si no respiran, y lo repito a diario, como un ritual. Comprendo que me quedan menos veces para hacerlo, porque sus figuras han crecido y cada vez llegan más abajo, hasta el final de la cama. Pero mientras tanto, mientras llega el día en que vuelen solos, yo seguiré.

Y pienso que ellos lo perciben, que, incluso dormidos, sienten que su padre está ahí, atento.

Me gusta pensar que conmigo hacían lo mismo…

domingo, 9 de mayo de 2010

EL PASTOR (II)

Despertó antes de que hubiese salido el Sol. Se levantó despacio, sin hacer ruido para no despertarla y salió de la estancia. Bebió un poco de leche, recogió un fardel que había dejado preparado antes de acostarse y salió afuera, abriendo los pulmones a la fría mañana. Sintió la humedad del rocío, notó al perro que se acercaba, recogió el cordero y comenzó a caminar.

Sabía que su viaje le llevaría toda la mañana, así que apretó el paso en cuanto sus pulmones se acostumbraron al aire frío que les quemaba. Por sus piernas no se preocupó, hacía mucho tiempo que le dolían a ratos, unas veces cuando estaba sentado a la lumbre y otras muchas después de pasarse el día caminando por el campo detrás del ganado. Estaba dejando de ser joven, pero hacía como si no lo notara, nunca lo decía.

Aunque, bien mirado, no hablaba mucho de cualquier cosa con nadie, ni siquiera con su esposa. Pasar el día con el rebaño, apartado de todos le había hecho más huraño cada vez, encerrado en sus pensamientos, a veces encerrado en nada. Cuando llegaba al hogar seguía igual, escondido detrás de la cantinela de que el día había sido como los otros, de que no le había ocurrido nada. Y eso que sabía que su esposa quería que le hablara, que le contara, que le gustaba oírle hablar como cuando eran jóvenes y le relataba sus aventuras de mozo, o su particular manera de ver las cosas, casi siempre diferente a los demás.

Algunas veces se obligaba a contar algo, incluso inventado, para que ella no pensara que la estaba castigando, o peor aún, que no era feliz. Muchas veces había intentado decirle que no la culpaba de nada, que la vida era como era y que no tener hijos no le hacía desgraciado, pero nunca había conseguido que de sus labios saliera una sola palabra. Como mucho, se había quedado mirándola fijamente, con los ojos humedecidos, admirando su cara igual que cuando la conoció, y su increíble fortaleza, que no dejaba nunca de asombrarle cuando la comparaba con la fragilidad de su figura.

Sudaba cuando llegó a lo alto del cerro. Tenía los hombros doloridos de llevar el cordero sobre ellos y los brazos casi dormidos de sujetarlo, pero estaba contento. Había avanzado más de lo que había previsto, tal vez no fuera tan viejo aún, y ya divisaba el camino, transitado inusualmente por pequeños grupos, todos en la dirección que marcaba el despuntar de la mañana. Así que continuó, seguido a unos pasos por el perro, según su costumbre de no sobrepasar a su amo.

En el camino evitó entrar a conversar con los viajeros, a pesar de que algunos le habían ofrecido agua, algo de comer o simplemente le habían saludado. Sabía que poner el gesto serio y no mirarles a la cara hacía que le tomasen por alguien raro, que prefiere estar solo y seguir solo. Y eso es lo que quería, hacerlo solo y cuanto antes. Pensó de nuevo en el motivo de su viaje, y, otra vez, no halló la respuesta, así que continúo sin más, poseído por un inquietante afán por llegar.

Cuando el sol estuvo en lo alto, ya no le quedaba mucho por delante. Una suave ladera descendente, junto a huertos de olivos y almendros, cruzar un arroyo de cauce casi seco y ya estaría en las afueras del lugar. Pero cada vez la gente que se encontraba a su paso era más numerosa, los grupos eran más nutridos y las conversaciones más animadas, casi festivas, acompañadas casi siempre por vino y algo salado para comer, así que no le quedó más remedio que apretar el paso y bajar la cabeza. Y ya notó que no había tomado nada más que aquel poco de leche fresca, aunque decidió que comería algo después de hacer lo que había venido a hacer, imponiéndoselo como una penitencia.

Apareció ante él sin darse cuenta, a la derecha del camino, en un pequeño prado seco. Un pequeño cobertizo, destartalado, cubierto apenas por un tejadillo medio hundido. No miró más y se unió al resto, que aguardaba paciente y animadamente una larga cola. Se sentía incómodo esperando, sintiendo a la gente que lo rodeaba, así que no paró de mirar al suelo hasta que, despacio, paso a paso, quedó frente al cobertizo. Levantó la cabeza y vio al hombre, barbudo, sereno, vestido con una túnica marrón desgastada pero limpia, que le miraba fijamente. No sonreía, pero su gesto era amable, afectuoso...

Movió la cabeza hacia un lado y vio que la mujer estaba amamantando a un bebé, casi de espaldas al fondo de la pequeña estancia, así que volvió a mirar al hombre, y sin saber qué decir le ofreció el cordero, bajándolo trabajosamente de los hombros. Entonces el hombre sonrió, dio las gracias y le puso la mano en el hombro. Vuelve a casa, buen hombre, te esperan- dijo. Y bajó la mano, siempre mirándole francamente a los ojos.

El pastor no dijo nada, bajó la cabeza, dio media vuelta y comenzó a caminar, esta vez hacia el oeste, hacia su hogar. Estaba cansado, pero no quería parar ni siquiera para comer algo, necesitaba regresar cuanto antes. Comenzó a pensar en su esposa y en lo que tendría que explicarle cuando la viese, pero no se le ocurría una razón para lo que había hecho, para lo que había venido a hacer.

El sol ya se estaba poniendo cuando pudo ver la cabaña al lado pequeño huerto, en la parte baja de la colina. Su esposa estaba en la puerta, mirando en su dirección, como si supiera que llegaría en ese momento. Llegó hasta ella, se detuvo, la miró a la cara, pero no dijo nada.

Entra en casa - dijo con voz queda - Te he preparado algo para comer. En la mesa había pan cortado, aceite, queso y leche. Él se sentó y ella a su lado. Antes de que comiera nada, ella se aproximó y al oído le dijo: Estoy esperando un hijo.

El pastor rompió a llorar.

martes, 2 de febrero de 2010

El cementerio

Soplaba un terrible y frío viento del oeste y el sol corría a esconderse tras una loma cercana. Los dos vehículos aparcaron frente a la tapia descolorida del cementerio, algo retirados para dejar sitio a la comitiva que poco después llegaría.

Los hombres quisieron bajar, pero él les dijo que siguieran dentro, que se resguardaran del frío todo lo que pudiesen. Así que, mientras ellos charlaban y se quejaban en voz alta unas veces y queda otras, él permanecía atento, mirando la bacheada carretera por donde tendrían que aparecer. Más de media hora después divisaría un coche funebre, seguido por un interminable reguero de coches repletos de gente venida de Madrid, de Ávila, de pueblos cercanos, a decir adios a un compañero, a un familiar...

Mientras tanto, aguantaría el rato, para eso estamos, con gesto serio, pero cercano a los suyos. Compartía y comprendía su dolor, su queja, también era compañero suyo, aunque nunca hubiera llegado a conocerlo, aunque fuera recién llegado a ese lugar.

A esto sí estaba acostumbrado, a ser un recién llegado, el eterno forastero. Ya lo había sido en la ciudad que le vio nacer, en el pueblo en el que vivió su infancia, en la ciudad en la que conoció el mundo, en pequeños pueblos de Castilla, en las Islas y en la provincia del norte. Incluso lo había sido cuando regresó a su tierra.

Bajó del coche, se abrochó bien la casaca y se puso el sombrero negro sin hablar. Todos le siguieron y se agruparon cerca, esperando. La gente había comenzado a llegar y todos miraban a la vieja carretera, todos esperaban.

No había mucho que hacer, les había dicho: aguantar el viento helador, colocarse bien formados y bien quietos en un rincón del cementerio, mantenerse firmes y con la vista al frente, esperar al momento justo y entonces, todos como uno, disparar una salva de honor. Solo eso.

Nadie reparó demasiado en ellos hasta que se oyeron las órdenes a gritos, cortas, secas, hasta que retumbó el disparo. Entonces muchos se volvieron y los vieron allí, quietos, helados, serios. Habían dicho adios sin palabras, sin lágrimas, a su manera, como siempre, sabiendo que podían haber sido ellos o que un día serían ellos y que, tal vez, querrían que nueve de los suyos dispararan al aire por ellos, por todos.

domingo, 31 de mayo de 2009

Homenaje

Abrí los ojos.

Silencio.

El teléfono sonó, como esperaba, y ya sabía lo que iba a oír. Fernando lo dijo de una vez, sin rodeos, sin saludar, con la voz entrecortada. Colgué asegurándole que enseguida me ponía en marcha. Carmen no preguntó, no le hizo falta.

Mientras me duchaba, recordaba aquellos tiempos en los que éramos jóvenes, en los que nos abríamos al mundo. Recordaba a aquél muchacho de pelo negro, barbilla prominente y aspecto desaliñado que hablaba sin parar, caminando a mi lado por las calles de Salamanca, contando historias de su ciudad, de su tierra, conflictos que yo ni siquiera sospechaba que existieran. Aquel muchacho al que contemplaba atónito, porque estaba tranquilo y no asustado como yo, que daba confianza, que no sabía por qué estaba conmigo, que no conocía de nada ayer.

Mientras preparaba un café, recordaba los tiempos de fiestas y pochas, de cañas en la Latina y orejas en Libreros, de salidas por la noche y de películas en Van Dyck, de cafelitos en las habitaciones, viejas, nuestras, del Bartolo. Recordaba los tiempos de partidos de baloncesto, de ganchos sin apenas despegar los pies del suelo, de tertulias interminables, de paseos por la calle Toro y la Plaza, con una raqueta de Inpasa como compañera inseparable.

Recordaba los tiempos de las novatadas, de las heladas noches volviendo por Serranos, de gaviotos y babosos, de la NBA en la tele del bar del colegio, de cortinas en la 45, de huevos fritos con pan, de queso con nueces, de Memorias de África en el Bretón.

Pero mientras el viejo Málaga crujía en cada curva camino del sur, mientras tronaba su motor al límite, recordaba que aquel muchacho de pelo negro, barbilla prominente y aspecto desaliñado me había dado, sobre todo, una gran lección de vida, resumida en una frase.

Una frase que era una despedida y un saludo, una declaración de amistad y de gratitud, que me enseñó a mirar la vida de frente, sin arrogancia pero sin tristeza, sin miedo, con dignidad.

Palabras a las que no pude responder más que con la mirada fija en sus ojos, helado el corazón, quietos los músculos. Palabras que me daban y me pedían, que él sabía que entendería y que recordaría, que me hicieron envejecer de pronto, enfrentado ya para siempre a la verdad.

Palabras que resumen lo que fuimos y lo que somos, lo que podemos ser...

¡Ha sido un placer!...

martes, 10 de febrero de 2009

UN MUCHACHO CABAL.-

¿Vas a hacer "futi"?, pregunta mi abuelo al verme ataviado con pantalones cortos, sudadera y zapatillas deportivas.

Sí, contesto.

¿Con "el mantero"?

Sí, vuelvo a contestar, con ese gesto serio, hosco y esas pocas palabras con las que, a menudo, despacho a la gente que realmente me importa.

Es un muchacho cabal, dice él, un poco para sí y un poco para mi, para que lo oiga, para que lo sepa.

Cabal, para el abuelo, significa que es un tipo sano, sin dobleces, que sabe por dónde se anda, que no te va a meter en un lío, que te puedes fiar de él, que no te dejará si puede evitarlo.

Yo asiento, esta vez no contesto, dando a entender que ya lo sé, que a mi también me lo parece, que estamos de acuerdo como en tantas otras cosas.

Él ya se calla y sigue concentrado en la lectura del periódico del día, ese que comenzó a llegar a casa hace unos años, cuando ya pasaba horas en ella y no en la tená, para resguardarse un poco del frío del invierno, de la lluvia, que ya ha sido mucho tiempo padeciendo todo.

Pero lo ha dicho. Y eso que, lo de ir a correr sin tener prisa ni sitio a dónde llegar, sin que nadie te persiga, solo por correr, no le parece de gente que esté demasiado en sus cabales. Lo tolera porque debe pensar que es cosa de los tiempos de ahora, de la juventud que en algo tiene que entretenerse si no está todo el día en la obra poniendo bloques. Lo ha dicho porque quiere que no lo olvide, que lo tenga siempre presente.

Y yo lo hago ahora, años después, recordando esas "corribandas" detrás de nadie, por la carretera de "aldialba" al amanecer, en pleno verano y esas otras del duro invierno que pasé entero allí, con casi solamente su compañía, purgando mi paso a la edad adulta, que se impuso como algo personal, como acompañamiento para que yo llegara a buen puerto (tal vez dudando de que pudiera hacerlo solo).

Recuerdo las interminables partidas de ajedrez, frente a frente y epistolares, los vasos de Cocacola con hielo y limón, que si no no saben igual, los paseos por el campo, las visitas a la sierra, el alfabeto de manos y las aventuras a lomos de nuestras bicis, cada vez más lejos y más osados.

El tipo cabal no merece el silencio y el olvido cuando alguien muy cercano se va, pero uno es así. De hombres que se visten por los pies es reconocerlo y asumir el error, es ver la distancia y aguantar.

Años después, el tipo en cuestión sigue siendo un muchacho cabal, y yo escribo esto porque también quiero serlo. Dejemos que lo lea y sepa qué pensar.

lunes, 29 de diciembre de 2008

LA VIDA

A veces la vida se pone frente a ti, negra, grande, afilada. Sus ojos te miran fijamente, sin expresión, todo negrura. No te dice nada, pero debes saber, por su porte y su grandeza, que va a ir directamente a por ti.

Entonces no corras, no pienses. Colócate de frente, cara alta, pecho arriba, prietos los músculos y serio el rostro. Cítala solamente una vez, con una voz alta, ronca, con la mano arriba y el gesto seguro. Y entonces no te muevas. Ella arrancará, en línea recta, sin vuelta atrás. Sentirás que tus atributos se hacen pequeños, que los pulmones se agrandan y que el corazón late tan fuerte que te da golpes, como un martillo. Sentirás también que debes huir, pero no debes moverte, nada. Tienes que esperar a que se acerque, a que se haga tan enorme que parezca que no puedes evitarla. Un solo movimiento te salvará, primero despacio hacia la izquierda, un paso a cámara lenta, y luego otro paso a la derecha, éste tan rápido como un látigo, y la vida pasará junto a ti, rozándote. Cuando sientas su bufido justo detrás de la cabeza, es que ha llegado el momento de correr, lejos de allí, por donde no se lo espera, de ponerte a salvo muy deprisa.

Si no lo has hecho bien, habrás sido arrollado, golpeado y arrastrado hasta que alguien, que a veces lo hay, te la quite de encima, con valor y un engaño, o peor aún, habrás sido empitonado y ya no habrá más.

Si lo has hecho bien, si no te has dejado vencer por el miedo que sentías como solamente el miedo se siente, podrás volver la cabeza y mirarla. Hazlo, pero no te rías, no le hagas un desplante y, por supuesto, no te abras, desafiante, la taleguilla. Solamente mírala, haz una mueca de alivio, saluda y desaparece, porque, te lo aseguro, volverás a verla de frente, sin remedio. Mientras esto sucede, vive, disfruta de los tuyos, vive…

jueves, 25 de diciembre de 2008

Navidad?


El pastor no sale en las fotos, y mucho menos su fiel perro, siempre tras él, sin preguntar.

Siempre sale la Familia, la Virgen y el Niño, e incluso San José (padre y no padre). Siempre salen los Reyes Magos (y ahora el gordito de rojo), la Estrella e incluso Herodes y la lavandera.

Pero no el pastor que carga su cordero, y mucho menos su fiel perro...